La popularización del ozempic y el regreso de la obsesión por adelgazar en la actualidad

Ozempic no es un medicamento nuevo. Se desarrolló para tratar la diabetes tipo 2 y lleva años utilizándose en la práctica clínica. Lo que sí ha cambiado es su presencia fuera de las consultas. En muy poco tiempo ha pasado de ser un fármaco conocido casi exclusivamente por endocrinos y pacientes a ocupar titulares, protagonizar publicaciones en redes sociales y convertirse en un tema habitual de conversación.

El motivo es evidente: la semaglutida, su principio activo, favorece una pérdida de peso importante en muchas personas. En una sociedad donde la delgadez sigue asociándose con éxito, autocontrol e incluso buena salud, no tardó en despertar un interés que iba mucho más allá del ámbito médico.

Sin embargo, el debate sobre Ozempic no debería limitarse a cuántos kilos ayuda a perder. Su popularidad ha vuelto a poner sobre la mesa una cuestión mucho más profunda: la relación que mantenemos con el cuerpo, la presión por adelgazar y la persistencia de la gordofobia, incluso en un momento en el que el discurso sobre la aceptación corporal parece más presente que nunca.

El regreso del «heroin chic» con jeringuilla nueva

Durante la última década, algo parecía estar cambiando en la forma en que la cultura popular se relacionaba con los cuerpos. Las pasarelas empezaron a mostrar mayor diversidad de tallas, las marcas incorporaron modelos con cuerpos más variados y en redes sociales se fue instalando la idea de que la obsesión por la delgadez era exactamente eso: una obsesión, no un ideal de salud. El movimiento body positive ganó terreno, y aunque nunca fue perfectamente inclusivo ni llegó a todos los rincones, representaba un cambio de dirección real respecto a décadas anteriores.

Ese avance lleva tiempo retrocediendo. En la Semana de la Moda de Nueva York, el número de modelos de tallas grandes pasó de 70 en 2023 a apenas 23 en 2024. La alfombra roja de los Oscar de 2026 dejó una postal que muchos describieron como inquietante: Nicole Kidman, Demi Moore y Emma Stone exhibieron siluetas que evocaron una estética que se creía archivada, con la delgadez extrema volviendo a funcionar como un signo de estatus estético y fragilidad como sinónimo de elegancia.

Kim Kardashian, Kelly Osbourne, Rebel Wilson e incluso Oprah Winfrey han reconocido públicamente que sus cambios físicos tan radicales han sido obra del Ozempic, celebrities que en muchos casos habían sido referentes precisamente por sus cuerpos no normativos. Verlas transformadas activó un mecanismo cultural muy conocido: si ellas lo hacen, algo estará haciendo mal quien no lo hace.

Qué es realmente el Ozempic y para qué sirve

Antes de hablar de sus peligros cuando se usa fuera de contexto, conviene entender qué es. El Ozempic contiene semaglutida, una molécula que actúa como análogo del GLP-1, un receptor presente en varios órganos del cuerpo humano. Su efecto principal es una reducción del apetito, lo que en personas con obesidad o diabetes tipo 2 puede ser clínicamente relevante y muy beneficioso bajo supervisión médica.

El problema no es el fármaco en sí. El problema es su uso sin indicación médica para perseguir un ideal estético, y la normalización de ese uso como si fuera equivalente a cambiar la alimentación o hacer más ejercicio. Sus efectos secundarios van de las náuseas y los vómitos a la fatiga, mareos, y otros más graves como la pancreatitis. Y hay una consecuencia que parece no calar: si no se acompaña de un cambio real en el estilo de vida, el resultado es un organismo sin tono muscular y con un metabolismo que, una vez abandonado el tratamiento, hace recuperar todo lo perdido, o más.  Dicho de otra forma: Ozempic sin cambio de hábitos no es una solución. Es un aplazamiento con efectos secundarios.

La gordofobia parece haberse amplificado en la actualidad

En lugar de ayudar a la aceptación de que todos los físicos son válidos, el fenómeno Ozempic ha terminado por establecer un canon de belleza basado en la delgadez extrema, diluyendo en cuestión de meses los logros del movimiento body positive.

La gordofobia no es solo un problema estético o de representación mediática. Es una forma de discriminación con consecuencias reales sobre la salud mental y la calidad de vida de quienes la sufren. Vivir en un cuerpo gordo en una sociedad gordofóbica significa recibir comentarios no solicitados sobre el peso como si fueran un favor, ser tratado con condescendencia en consultas médicas donde cualquier síntoma se atribuye al peso antes de explorar otras causas, encontrar ropa que no existe en tu talla en la mayoría de tiendas, o ver cómo se celebra públicamente la pérdida de peso de alguien sin saber nada de sus circunstancias de salud o de lo que hay detrás.

En España queda muchísimo trabajo por hacer para desmontar un imaginario social gordofóbico que representa una grave amenaza para la salud de todas. Una persona con un cuerpo grande tiene exactamente los mismos derechos que cualquier otra persona a vivir con dignidad, a no ser señalada, a que su médico la escuche sin filtrar todo a través del peso, y a ocupar espacio en el mundo sin tener que justificarse.

Eso no es un debate sobre si la obesidad tiene o no consecuencias para la salud, sino sobre el trato básico que merece cualquier persona independientemente de su cuerpo. El Ozempic no ha creado la gordofobia. Pero sí ha dado nueva munición a quienes la ejercen, al instalar la idea de que ahora ya no hay excusa para no estar delgado.

Los peligros reales de la delgadez extrema

La obsesión por adelgazar a cualquier precio tiene consecuencias que van mucho más allá del rebote de peso. La pérdida de masa muscular es una de las más invisibles y más dañinas: cuando se pierde peso de forma rápida sin supervisión ni trabajo físico, el cuerpo no solo elimina grasa sino también músculo, lo que debilita el organismo, ralentiza el metabolismo y aumenta el riesgo de lesiones y caídas, especialmente en personas mayores.

La salud ósea también se ve afectada: la restricción calórica severa y la pérdida rápida de peso se asocian a una reducción de la densidad ósea que puede derivar en osteoporosis. El sistema inmunológico se resiente. Y el impacto sobre la salud mental puede ser devastador: los trastornos de la conducta alimentaria tienen las tasas de mortalidad más altas entre todos los trastornos mentales, y la presión cultural por adelgazar —amplificada por el fenómeno Ozempic y la vuelta de la estética huesuda en las alfombras rojas— es uno de los factores de riesgo más documentados para su desarrollo, especialmente en adolescentes y jóvenes.

Esta fiebre, impulsada por las celebrities, genera peligros de salud mental para quienes no tienen un cuerpo que responda a estos cánones. Y eso no es una crisis de salud pública que ocurre en silencio, sin alfombra roja ni cobertura mediática.

Bajar de peso de manera saludable, cuando hay una razón real para hacerlo

Decir que la obsesión por la delgadez extrema es peligrosa no significa que trabajar la salud y el peso no tenga sentido cuando existe una razón clínica o personal bien fundamentada. Significa que la forma en que se hace importa tanto como el resultado.

Sin embargo, bajar de peso de forma saludable no es una carrera. No tiene una fecha límite asociada a un evento, un verano o una alfombra roja. Implica entender qué está pasando en el cuerpo de cada persona en concreto, qué hábitos alimentarios tiene, qué relación tiene con la comida, qué capacidad real tiene de sostener un cambio en su vida cotidiana, y qué objetivo tiene sentido para su salud y no solo para su imagen en el espejo.

En ese proceso, el acompañamiento profesional marca la diferencia entre un cambio que dura y uno que no. Tal y como explica el equipo de Lara Salud sin Dieta, encontrar el equilibrio entre las responsabilidades diarias y el cuidado suele ser el mayor reto, y contar algo de ayuda experta permite priorizarse sin añadir más estrés a la semana, sin encajar citas imposibles en una agenda ya saturada. Es exactamente el enfoque opuesto al del Ozempic como solución rápida: acompañamiento real, adaptado a la vida cotidiana de cada persona, sin atajos que el cuerpo acabe pagando.

Perder peso bien no significa pasar hambre, no significa eliminar grupos enteros de alimentos, no significa pesarse cada día con ansiedad ni calcular cada caloría. Significa aprender a comer de una forma que el cuerpo y la mente puedan sostener a largo plazo.

Esto es lo que la popularización del Ozempic ha puesto sobre la mesa

Paradójicamente, la explosión mediática del Ozempic ha tenido un efecto secundario positivo: ha obligado a hablar de cosas que antes quedaban en susurros. De la presión que ejerce la industria de la moda y del entretenimiento sobre los cuerpos de las mujeres. De la medicalización de la delgadez como ideal estético. De la diferencia entre perder peso por salud y perder peso por encajar en un canon cultural que cambia cada década y que nunca ha tenido en cuenta el bienestar real de nadie.

El debate actual está atravesado por una contradicción cultural: por un lado, existe una mayor conciencia sobre la diversidad corporal y los daños que generan los estándares de belleza irreales; por otro, el acceso a nuevas tecnologías hace que modificar el cuerpo sea más fácil y rápido que nunca.

Navegar esa contradicción con criterio propio, sin dejarse arrastrar por lo que dicen las alfombras rojas ni por lo que vende la industria farmacéutica, es uno de los ejercicios más complicados y más necesarios de este momento. Porque la salud real —no la que cabe en una talla— no es tendencia. Nunca lo ha sido. Y precisamente por eso merece más atención que cualquier medicamento de moda.

 

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